Hojarasca profética

Detrás de mis casas de agua,

donde susurrabas palabras de noches con la lentitud de un instante

de viento,

– detrás, al fondo, muy dentro-

algo se conmueve en los jirones

que han detenido a los mundos (y a los mares)

mientras lo imparable cae revelándose parte del lienzo

donde cualquier ocre puede trazar

con mi vértigo

otro modo de poseer un otoño

y otro equinoccio donde envolverme

con la voz arrebatada de la entraña de mis sueños.

Sentir que desde el vientre de una bóveda celeste

el bosque amniótico de los olvidos

permanece transprente en su cordón anunado a la luna

con los últimos suspiros que mi ombligo

gritó en aladas llamas subterráneas

para ser solo nombre de aquello

que ya no busca un verbo ni una tierra

conjurando sus brebajes de silencio

a la piel donde la niebla nos empuja

– informes-

a yacer sobre lo desvanecido.

Detrás de mis casas de agua

lo que te precedía me anunciaba

y hoy me borra.

La hojarasca presente del ayer

que no nos hizo

se me traga

y solo busco el pulso de lo ausente

para justificar el impulso,

que me arroja al otoño sin llegar

donde quisiera ser luna

donde tú te detengas

muy dentro de mi nómada estela.

Pero no ha vencido, aún,

la estación de la caída a los veranos

y ni siquiera yo soy hija de la noche

para poder desde el centro de las aguas de este viento

creer que puedo comandar mi inexsisencia

hasta menguarte…

Y es que a veces me anticipo a lo que tarde se revela

– con su hoy de viento informe-

y caigo en tu nombre y me elevo

sobre esta casa de agua

– detrás, al fondo, muy dentro-

de la que presiente sin su voz

el devastador aliento del otoño.

(Si supiera, si supiera que en tu azul

pervive aún mi profecía…)

Anneke C. Satreu

Imagen: Natalia Deprina

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Si supiera

Si supiera que el río habla del viento a través de mi fuego…

Si lo que está en mi cuello es la llama del agua, el halo, el espejo donde uno es reflejo de los ojos que busca entre sus propias pieles.

Si la noche certera con su rueda de éxtasis afilara sus alas precoces…

Si en las venas el curso de las crisálidas yaciera tumbada sobre el universo que presagia su expansión antes de que la mariposa tiemble y cristalice el augurio que se contrae en el vientre hasta que estalla expandiendo su deriva…

Si supiera qué corte de estrellas despierta tu memoria en mi sueño de luna.

Si supiera si el viento que desborda mi fuego es la fragua del agua que vela tu voz.

Si supiera callar lo que es sentir que hallé en tu noche de dos soles el principio que une el final de mis aguas…

Anneke C.Satreu 2019

Imagen: Jackson McGoldrick

Loba Nueva

Podría haber pasado cualquier vida entre sus letras, observando como, en pequeñas dosis de temblores, el alma es capaz de concentrarse en su epicentro y mover con su deleite cada bóveda celeste, cada mar, cada universo.

Podría haber dejado que sus llamas sigilosas derrocaran los imperios de mis aguas.

Que sus lobos pasearan por mi pecho irisando las membranas de mi historia de sirena dejando de mí el canto blanco de un oceáno y un lienzo de naufragios por pintar como promesa.

Podría haber dejado que, impaciente, un pedazo de su sol me devorara, mitad luna, mitad hembra, jirón de mariposa en los filamentos de aire de la carne, araña que en mis músculos contrae el sueño de su piel hasta extender la tela donde las sábanas destejen nuestros nombres y dejan a la intemperie las tormentas por donde uno llega a su guarida.

Podría haber dejado que mis manos siamesas se enhebraran sin destino en todas sus cicatrices y sus agujeros, que cosieran una historia en las estrellas con un hilo de saliva transparente.

Podría no haber luchado (saberlo innecesario) y aún así mi AdreNAluna sube sin querer de la profunda guerra que no podría yo librar sin el deseo de que, sin tregua, mi alma y tus palabras mueran, mientras resucita la carne que se rinde al espíritu.

Anneke C.Satreu 2019

Imagen: Marek Gardulski

Cómo llegarte

Cómo darme hasta llegarte derramada.

Cómo hablarte desde el templo donde quemo mis palabras y mis nombres, donde rindo mi universo a tus estrellas, donde busco fuego adentro mi zozobra;

donde tiemblo al exhalarte -imaginado- mundos de sueños, mitos de dioses, cuentos de agua para alzarme desde el centro más profundo de tu boca.

Cómo callarte con la ferocidad más dulce.

Cómo gritar lo que gimen los bosques de mi naturaleza abrupta.

Cómo decirte que sirvo a los solsticios de tus sombras con la sumisa desnudez de mi espalda arqueada.

Cruzo el puente de la luz

rota en sus aguas.

Me doy en carne al espíritu que tiembla y me recorre libremente y sin demora.

Le dejo hacerme con tus manos contornos de llamas, fugas de luna en la cama, noches enteras de soles donde me devoras hasta que te transparentas.

Cómo ser jirón de mar que consuma su hoguera.

Cómo aullar con mi memoria un bello claro de penumbras oscilantes.

Cómo quebrarme en el sándalo de tu aliento caído en mis oídos;

cómo no hacer de mi piel tus recorridos hasta la resbaladiza pasión de mis sentidos.

Tengo en mí todas las puertas, llaves que abren el tacto, casas de mar y de sangre.

Huelo tu nombre:

“vamos a llamar al viento” me dices.

Viento, viento donde aún ardes, porque todo me penetra con tu espíritu,

con el sueño más profundo de mi carne.

Cómo no darme a la noche y entregarte de rodillas el misterio.

Cómo no alzar con mis ojos, la boca que al abrirse a ti se da hasta ser la confusión del pulso, del tiempo, del sueño…

Cómo darte lo que derramada soy

hasta llegar al silencio

donde el cosmos se contrae hasta que gimes

y yo me expando, sumisa,

por tu orgasmo.

Anneke C. Satreu 2019

Quiero, vértigo, tu faro.

Quiero que vengas.

Quiero que cierres los ojos

y que en un vértigo cruces el abismo

mientras partes del destino de tus manos en mi cuello.

Quiero que aprietes mi nombre.

Que te cueles en mi tráquea con tus dedos

mientras dejas a mis sombras sin aliento.

Que las vidas se derramen de mis labios con el ímpetu oceánico de un ángel,

que se arroja al ocaso que le engulle,

mientras siente, que es el vértigo, equilibrio,

hambre y sed con que muerde

las palabras.

Quiero que vengas del silencio de tus ojos que es membrana primigenia de los mares,

savia pródiga de un jugo de fricciones

en los flujos de las luces y las sombras.

Quiero que vengas.

Que tu daño sea ungüento de mi carne y mi voz; templo.

Que la luna que se enciende en esta hoguera

grite el pulso en el que ardo y me devoras

como un faro.

Que la orilla se asemeje al horizonte que nos traga

y que digas con mi piel que la vida que nos muerde

es otro reino,

que la sangre que se escapa de mis poros a tus labios,

fue enhebrada por las venas de Lilith a tus entrañas.

Quiero que vengas.

Quiero frotar con mis deseos engullidos la lengua de tus lámparas de sombras.

Que en mi ombligo,

el pulso errante de las musas y del genio sean cauce de tus dedos

y odisea de una tierra prometida.

Quiero que vengas

para darte con mis manos una gota,

una isla sin espejos en mis cuerpos,

una chispa donde emerjas de mi pecho

mientras nos damos

-sin miedo- al fulgor

y cometemos

-con nuestras bocas-

este epicentro de temblor

que es universo y es alma…

(mientras nos devora)

Anneke C.Satreu 2019

Así, te alcanzo.

Cómo sales…Cómo emerges

– desnudo y sin nombres-

entre la piel de las selvas

que en mi vientre te invocan

arrojándose al mar que

en el viaje de un fuego a tus manos

desliza mi carne.

Cómo esta luna tan nueva

toma mis cuerpos de aire

y te pronuncia, latido,

– jirón de savia, retal de aullido y de noche, temblor de mar-

donde emanas pronombre

que en mi voz a tus vidas se da

en la llama que brota

– de mi sangre en tu carne, de mi mente en tu piel, de tu bosque en mi sed-

hasta lamer tus orillas.

Cómo cruzas tras mis puertas infinitas

las corrientes y los astros que me queman;

las colinas que desnuda me derraman,

las palabras que consuman

-sin saberte-

tu mirada.

Cómo sales, cómo emerges

de los velos de mis nombres

con tus manos en mis grutas ancestrales

(mientras tiemblo)

por sentirte en un pensarte que me expande

y te concentro y me contraigo

fuego adentro, -muy, muy lento-

de este pulso de mi alma

apasionada y movediza.

Y así te alcanzo…

Así te alcanzo

(y gimo)

hasta que se traga todo el cielo

esta marea,

hasta que en la curva de mi espalda

y de mi tuétano tú atraviesas,

raíz, que cierra mis ojos

y me entrega al suspiro

donde te beso una estrella

con la zozobra de un verso.

Cómo emerges,

cómo te hago, mi universo,

cómo te hago en mis hogueras,

cómo busco la saliva de tus sueños

hasta que lubrico un deseo y…

regreso al cosmos

donde me desvanezco.

Anneke C. Satreu 2019

Fotografía: Elizabeth Gadd

La última Penélope

¿Dónde dejaste tu barca,

nómada,

-indómito lucero de mi rastro-

dónde orillaste mis noches?

Alguien se mueve en la cola del pan;

bucea -sin forma-

entre el trigo luminoso donde aflora

una bóveda de sésamo dorado

y me mira

-sin pensarme ni sabernos

sin despertarnos-

Tiene en sus ojos mi cuerpo

-ése que solo tú ves-

más allá de la cornisa que estrangula la rutina y la ciudad con mi desvelo

mientras coso a mis latidos

una masa de recuerdos que fluctúan

acantilados y elásticos por mis playas, mis membranas, nuestros músculos…

¿Dónde he puesto tus dos puertos azules?

¿Dónde están

las llaves de espuma y cristal

que tragadas por su sino de marea

embotellan viaductos y avenidas

que emergidos de algún bosque de coral

me vuelven sal por mirar

grano a grano, con mis manos,

nuestro ayer?

¿Dónde la savia profunda,

-carne de estrella sin voz-

titila entre las olas nuestro nombre constelada a esta hogaza primigenia del oceáno

que devora gota a gota los rugidos

y las hambres de los vivos que me forman?

¿Dónde dejaste tu barca,

hija del viento?

¿Dónde has puesto aquel temblor

que con el alma a favor

-más allá de este mito clandestino de esperarte-

lame sin brújula el poniente

y mastica -feroz- con su primera voz

a la última Penélope?

(A ti que me ves, sin pensarme, sin saberme, sin despertarnos)

Anneke C.Satreu © 2019

Imagen: Irene Cruz ©

Yo, también.

Yo…También.

Yo, también, he pulido mis recortes

para redondearme en un rosal de brumas.

He dejado en mis ojos el verano

-que postrado en el abdomen de tu flora

con la roja languidez de los naufragios-

chorrea con tu savia la oración que te consagra a la ventisca

construyendo la saliva de los ríos

donde naces, -ausente-

a fuego y bosque

cometido por mis todas.

Entre pájaros,

donde el átomo pervive en esta hora

-donde estallas-

y me muevo en tu memoria con mis velos

desnudándote esta piel con que respiro

-hasta acogernos-

en lo arbóreo de estos flujos de mi arrullo

-de esta sed existencial que no pronuncio-

soy la selva al principio de tus bocas,

el deshielo circular de un ángel ciego,

la caída de la carne en sus finales,

la caída de la sombra en el jazmín

y en la amapola.

Yo, también…Aún no he nacido.

Ni he inventado este fulgor majestuoso

que convoca tu pronombre.

Sobre el verbo inacabado donde oscilo

-si te escribo-

este ovillo con sus pulpas de manzana

hace jugos con tus largos laberintos

-y en el rastro de lo inhóspito-

soy el páramo exultante de una estela.

Soy el ciclo de las lunas en tus bocas.

Soy la nueva y la menguante de mis otras.

Soy la pira más creciente de mis aguas,

la que lame -envuelta en bosques-

la caliente claridad de los designios.

Yo, también…

Me vivo bajo el mismo reino,

sobre el mismo vientre

bajo distinto olvido.

Yo, también,

te bebo con mis manos de palabras

y derramo con la furia de mi aullido

los pedazos guturales de mi voz y de mi sangre.

Yo, también,

=yo también sé que a fuerza de verbo y de estrella-

cuando uno se va

nunca sabe a qué luz…

a qué luz

se está acercando.

Anneke C.Satreu

Con lo que escribes

¿Cuándo fue la última vez que no supiste encontrarte?

Escribes dos veces, en este lugar donde lo abandonado permanece erguido como una esfinge milenaria, que en la verticalidad del desgaste, aún mantiene tras los párpados los pórticos abiertos a los ojos de Orión.

Escribes aquí, dos veces, ergo te has perdido.

Lo sabemos. Las dos, las tres, las otras…

Lo sabemos con esa horizontalidad en que hemos aceptado vivir los laberintos catedralicios del ADN.

Con esa solemnidad con la que agitamos las profundidades caminando descalzas sobre las superficies pulidas de las mentiras.

Lo sabes con ese trance áurico en que nos dejamos resbalar y donde nos dejamos penetrar por lo que duele, como si así, pudiéramos perder la fe de nuestros nombres y el vínculo que nos ata las gargantas a un aullido gutural, sometido a vagar, condenado a enredarse con los hilos de tu plexo hasta el silencio.

La realidad es, que, donde no te encuentras estás, siempre, siéndonos más que nunca.

¿Qué hallaste tan dentro de esos ojos que alejándose en el tiempo han conseguido que te acerques al espacio de ese cuerpo que enroscándose hasta el tuétano un suspiro, cree que puede cometerte, cree que puede derramarte, cree que puede gotear tu último imperio?

¿Cuando fue todas las veces que no fuimos donde estaban las estelas de los vivos a llenar de manantiales nuestras copas de maleza, de esta sed de carne y árbol?

No me escuches, ahora.

Vociferan las esfinges sus desiertos de memoria.

Cállale a él, su último nombre;

aquel sonido en llamas del que emanas.

Calla el tiempo que no olvidas con palabras.

Calla el mundo de tus pieles donde buscas, que algo, al fin, -algo muy dentro de una célula astronómica-

nos parta, nos una o nos concentre para que tú y yo, y todas las otras que conforman los rastros de la luna, no nos perdamos

-otras tres veces-

con lo que escribes.

Anneke C. Satreu

Mujer Puente

No hubiera podido decir si le dolía.

Si el barro petrificado que la mantenía inmóvil bajo el puente de piedra nacía de las plantas de sus pies o había caído como una suerte de esporas del último suspiro antes de la despedida.

De ser así, quizás habría resbalado como las hojas de aquel otoño bajo una fina lluvia por su cuerpo.

Tomado cada tramo desde la nariz hasta el tobillo, deteniéndose en sus infinitos poros hasta ser absorbido con la inmediatez de un conjuro, auspiciado por las contracciones de un desasosiego kármico mordido por el tiempo de sus labios, hajado hasta un vacío desmembrado, sin resistencia.

La naturaleza exultante, fundida entre las ruinas y su dermis en una antigua alquimia incasdecente, la hacían parecer un borrador de la vida al principio del sueño de un dios.

Su espalda enredada en el paraje. Sus brazos extendidos al este y al oeste…

Los verdes de sus ojos licuados hasta un cielo consumado.

No hubiera podido saber si ardía en el pasado o llovía sin futuro bajo las furtivas huellas que mi alma dejaba al descubrirla.

Si aquella hojarasca húmeda era viento de sus gritos silenciados o la sangre corpórea que se había desparramado por un éxodo inesperado de los sueños.

Era translúcida. Su mineralización parecía brotar del aire de una joya brillante abandonada a su suerte en los corredores sin tiempo de un mapa invisible.

Sostenía piedras suficientes entre sus tendones. Las palmas de sus manos tenían la profundidad justa, para que al atraversarla, los reinos movedizos de las memorias no se vieran afectados en su estructura básica.

Bajé del coche. Tu recuerdo se había quedado suspendida sobre mis ojos, junto a tu boca respondiendo a aquella llamada telefónica.

Llegué hasta el puente y su silvestre olor tomó mis miembros uno por uno hasta inmovilazarme, empujándome en el barro hasta que mi espalda estuvo clavada contra el vientre mismo de la piedra.

Mientras me atravesaba, envuelta y devorada por el musgo, con la fiebre hilarante que los bosques, nos dejan en la piel a los amantes, entré en las grutas de su boca, me quedé suspendida en sus adioses, y pude entonces, al sentirla respirar en mis pulmones, saber que cada puente es el hecho irrefutable de las despedidas.

Un adiós que, aún petrificado en las entrañas de una herida…duele;

Duele como una fuente esférica, como un Ourobus suspensivo sin puntos de apoyo.

Duele hasta la raíz onírica con que lo atravesado emerge, hasta tendernos los puentes donde se extiende la herida con la que cruzamos la vida.

Anneke C. Satreu